En tierra de lobos

En tierra de lobos
1
Provincia de Salamanca, 10 de marzo de 1953
¿Cuánto tiempo llevaba corriendo? No era capaz de precisarlo. ¿Y cuánto más podría resistir? ¿En qué momento caería fulminada sobre la tierra húmeda, bajo los árboles cargados de sombra? Eso parecía más fácil de predecir. En cualquier caso, lo mejor era no pensar. Seguir corriendo con fuerza, con rabia, con determinación, como si ya no fuera a parar nunca en la vida de huir. Correr, si fuera necesario, por toda la eternidad. A lo lejos, se oía el ladrido tenso de los perros. Ella estaba descalza y casi desnuda, pero ya no sentía el frío del relente, ni los golpes de las ramas en la cara, ni menos aún los arañazos en los muslos y las pantorrillas, ni siquiera el filo de las piedras en las plantas de los pies. Los pulmones le ardían, eso sí, como un incendio que se avivara con cada inspiración, como una caldera siempre a punto de estallar.
Hacía rato que había comenzado a amanecer, pero una espesa niebla había ido sustituyendo la oscuridad de la noche, lo que hacía aún más difícil la huida. Correr, correr, correr; no pensar, no pensar, no pensar… Confiar solo en el instinto, en la capacidad de resistencia y en ese inmenso caudal de rabia acumulado durante tantos años. No pensar, no pensar, no pensar, ser solo un animal herido que huye entre los árboles para intentar ponerse a salvo.
Por un momento, dejó de oír a sus perseguidores. Sin detenerse, venteó hacia un lado y hacia el otro, como si se sintiera capaz de olfatearlos, al tiempo que aguzaba las orejas y miraba con el rabillo del ojo. No percibió señal alguna de peligro. Pero, en lugar de darse un respiro, eso la puso todavía más alerta. ¿Y si le estuvieran tendiendo una trampa? En un principio, había decidido correr en línea recta, para no desorientarse y evitar así volver al punto de partida. Y lo cierto es que había logrado poner bastante tierra de por medio. De todas formas, no podía relajarse; por el contrario, tenía que redoblar esfuerzos. Correr, no pensar; correr, no pensar; correr, no pensar… Hasta que, de repente, una alambrada de espino la detuvo. El impacto fue tan violento que, en un primer momento, sintió como si uno de los alambres la hubiera partido en dos, desgarrándole a fondo las entrañas.
Fue entonces cuando volvió a oír a los perros; seguramente estarían olfateando su sangre, babeando ante la proximidad del banquete. Tenía que salir de allí como fuera; hacer un último esfuerzo, aunque le costara lo poco que le quedaba de vida; mejor morir desangrada en una acequia que devorada por esos malditos perros. Sin levantarse del suelo, se volvió de espaldas y se arrastró como pudo bajo la alambrada, mientras la mantenía en alto con una mano; después, cruzó sus brazos sobre el vientre y se dejó caer por una pequeña pendiente. Al final, fue a parar a una cuneta llena de agua sucia y helada. Alzó la vista y descubrió que estaba junto a una carretera, lo que quería decir que estaba fuera, y eso la animó. Pero el dolor y el frío eran tan intensos que ya no sentía nada. Tras varios intentos fallidos, logró ponerse en pie y empezó a andar como una sonámbula. No había dado ni diez pasos sobre el rugoso asfalto, cuando oyó algo a sus espaldas. Giró la cabeza y vio cómo dos conos de luz se abrían paso entre la niebla. Intentó apartarse, pero no le dio tiempo a saltar, y un coche negro y fantasmal la embistió. Quedó tendida y semiinconsciente en medio de la carretera. El vehículo se detuvo más adelante, a pocos metros, y luego comenzó a dar marcha atrás.
—Mierda —alcanzó a decir—, tanto esfuerzo para nada.
Mientras sus párpados se cerraban lentamente, en el cielo comenzaba a brillar el sol.
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Ficha histórica del libro
Edad: Contemporanea
Periodo: Franquismo
Acontecimiento: Sin determinar
Personaje: Sin determinar
Comentario de "En tierra de lobos"
Presentación del libro por el autor en «Informe Salamanca» de la 8 Salamanca
Presentación del libro por el autor en «Librería Hydria» en Salamanca